La densidad de las ideas por Benjamín Scharifker
junio 3, 2006 por MTA
Publicado en Ciencia, Política y Sociedad, Opinión
Para quienes estamos genuinamente interesados en la creación y generación de conocimientos, en desplazar un poco más allá los límites de la ignorancia, resulta importante reflexionar acerca de un episodio que está cumpliendo este mes una década. Se trata de la publicación del artículo “Contraviniendo las fronteras: hacia la hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica”, del físico Alan Sokal, en la revista Social Text en mayo de 1996. El propio Sokal reveló casi simultáneamente en otra revista, Lingua Franca, que su artículo de Social Text no tenía mayor sentido, y que había sido aceptado para publicación sólo porque ” (a) sonaba bien y (b) halagaba los prejuicios ideológicos del editor”. La importancia de reflexionar ahora sobre este fraude urdido por Sokal hace 10 años es el tema de este artículo.Sokal se vio en la necesidad de escribir su artículo de 1996 —luego también su libro con Jean Bricmont Imposturas intelectuales— “para combatir el discurso postmoderno / post estructuralista / constructivista social que se había puesto de moda”.
Detengámonos un minuto para conocer de qué se trata ese discurso postmoderno. Para entender la realidad podemos concebir dos extremos: o bien imaginamos que existe y que el papel de la ciencia es el de representar lo mejor posible esa realidad objetiva, o por el otro lado podemos pensar que no existe tal cosa como una realidad objetiva, sino que la vamos construyendo a medida que la desarrollamos colectivamente con nuestros propios pensamientos. Esta última es la tesis constructivista social que Sokal se dispuso a rebatir. Apuntó que no sentía vergüenza en confesarse como un izquierdista que nunca terminó de entender cómo la deconstrucción podría ayudar a la clase trabajadora, y que él era un científico férreo y tenaz que creía, ingenuamente, que existía un mundo externo, que existían verdades objetivas acerca de ese mundo, y que su trabajo consistía en descubrir algunas de ellas. “Si la ciencia fuera tan sólo una negociación de convenciones sociales acerca de lo que se pacta como verdadero” —escribió— “¿entonces por qué dedicar buena parte de mi demasiada corta vida a ello?” Uno de sus ejemplos no puede ser más contundente: “A cualquiera que crea que las leyes de la física son tan sólo convenciones sociales, lo invito a transgredir esas convenciones desde las ventanas de mi apartamento.
Yo vivo en el piso veintiuno”.
Los argumentos de Sokal nos llevan aun más lejos: ¿Es el número Pi una convención social, o se deriva de la relación entre la circunferencia y el diámetro? Algunos postmodernos preocupados por el cambio social sostienen que la demarcación entre la ciencia y la pseudociencia (astronomía y astrología, por ejemplo) se reduce apenas a distinciones culturales jerárquicas. Pero los razonamientos de Sokal son también bastante contundentes en esto, recordándonos por ejemplo que la expectativa de vida de quien naciera en nuestro país a principios del siglo pasado era de menos de 30 años, mientras que para finales del siglo XX ese indicador del desarrollo humano había crecido a más del doble gracias a la técnica y la ciencia moderna, ubicándose por encima de los 70 años.
Necesitamos rememorar lo escrito por Sokal hace una década porque los discursos constructivistas y relativistas sociales que tanto le preocuparon han proliferado, abundan y penetran la corriente principal del pensamiento científico, social y político oficial en nuestro país. Por mucho tiempo se ha sostenido que la verdad domina sobre el poder, pero de acuerdo con algunos autores postmodernos el asunto es al revés y la verdad es simplemente un efecto del poder… es la confusión entre ciencia, pseudociencia e ideología, de la que nos advertía Mario Bunge hace ya más de un cuarto de siglo.
¿Por qué acordarnos de Sokal? Leamos de un artículo que bajo el título “El peso de las ideas” publicó en el diario El Nacional el 20 de mayo de 2006 Rigoberto Lanz, postmoderno local y conspicuo promotor de la Misión Ciencia, que cuesta 970 millardos de bolívares a la nación venezolana. Dice el profesor Lanz: “De la herencia intelectual de la modernidad padecemos todavía los efectos letales de una concepción del conocimiento, de los saberes, de la ciencia, que resulta muy complicado poner al descubierto. Entre otras cosas, por el arraigadísimo sentido de normalidad que han adquirido durante siglos varias de esas ideas sobre la verdad, el método científico, el progreso y tantas otras bagatelas que funcionan brutalmente en la mente de tanta gente”.
Más adelante nos aclara: “A donde quiero llegar es a esta encrucijada esencial: con las ideas de la modernidad no vamos a ningún lado. Con las ideas modernas sobre ciencia y tecnología estamos fritos”. “No habrá transformación verdadera del aparato tecnocientífico del pasado sin la erradicación de un catálogo de creencias, percepciones, valoraciones y prejuicios sobre la ciencia que provienen justamente de las trampas semiológicas del poder, de la cultura que combatimos, de las concepciones hegemónicas impuestas a sangre y fuego durante siglos de coloniaje intelectual”.
Sin presentar alternativas que sustituyan a la ciencia moderna, pasa este autor a definirnos los objetivos de la Misión Ciencia: “He ahí uno de los desafíos más empinados de la Misión Ciencia: quebrarle el espinazo a toda una concepción del conocimiento que se hizo cultura, que se entronizó hasta los tuétanos, que se hizo sentido común para millones de compatriotas.Las ideas que están agazapadas detrás de esos viejos paradigmas hay que ponerlas al descubierto. Las ideas que sirven de coartada para la reproducción inercial de toda una racionalidad dominante hay que obligarlas a dar la cara”.
Mientras releía en el artículo del profesor Lanz, el 26 de mayo, estas notas acerca de cómo imponer las ideas y abatir el conocimiento con el poder, me enteraba, en esa misma edición del diario, de cómo la Guardia Nacional había irrumpido en la Universidad de los Andes para apaciguar los ánimos de quienes se habían visto impedidos, por el poder, de elegir un presidente de su Federación de Centros de Estudiantes.
¿Se trata la Misión Ciencia de subyugar ideas y conocimientos para ponerlos al servicio del poder? No es esto lo que enseñamos en nuestras universidades. A nuestros alumnos los formamos con conocimientos, saberes y valores que los orienten a lo largo de toda su existencia; para que sean libres y para que no confundan conocimientos con ideologías. Por sobre todas las cosas, los formamos para que sean amplios y tolerantes con quienes piensen distinto; para que no sigan malas consejas y no les tuerzan el pescuezo ni les quiebren el espinazo a los que viven en la otra acera.
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